EDMUNDO RIVERO MANO A MANO





EDMUNDO RIVERO EN LUNFARDO





NELLY OMAR NOBLEZA DE ARRABAL




ROBERTO GOYENECHE "AMIGOS"




Si tuviéramos que elegir un personaje síntesis de los últimos treinta años del tango, sin ninguna duda surgiría el nombre del Polaco Goyeneche. No sólo por tratarse de un cantor extraordinario, sino y fundamentalmente, por ser el arquetipo de la última camada de nuestra estirpe y bohemia porteña.

La expresividad de su fraseo, el particular modo de colocar la voz, la fuerte personalidad del que conoce la esencia misma del tango, lo distinguen de todos los otros cantores de nuestro tiempo.

El manejo de los acentos y los silencios, el arrastre de alguna palabra de la letra, o el susurro intimista de un verso, lo convierten en un vocalista irrepetible, imposible de ser confundido con otro.

Su dicción era perfecta, aún en los últimos años de su vida cuando la decadencia de su voz, lejos de mellar su popularidad lo elevó a la categoría de mito viviente.

Algunos lo describen como un diseur, algo así como un chansonnier de los años treinta, pero no comparto esta opinión —generalmente expresada para empalidecer su importancia— fue un excepcional cantor, que como muchos otros grandes tuvo diferentes etapas para diferentes gustos, pero todas memorables.

El Polaco inicia su carrera como cantor de la orquesta de Raúl Kaplún en 1944, a los dieciocho años. En 1952 y en esa misma condición, continúa con Horacio Salgán, junto al cantor Ángel Díaz —El Paya—, quien fuera responsable de su apodo.

Pocos años más tarde, en 1956, se convierte en el cantor de la orquesta de Aníbal Troilo, todo un reconocimiento a su incipiente carrera.

Este modo de nacer artísticamente es uno de los motivos por el cual Goyeneche entiende el tango como un músico, como un instrumento vocal tal cual lo hicieran los cantores del cuarenta, afiatando su garganta y su fraseo en total armonía con la orquesta.

Con el tiempo logra tal perfección, que se permitiría el lujo de iniciar una frase a destiempo —cadenciosamente— para luego alcanzar las últimas notas al final del compás.

Fue un cultor respetuoso del ritmo, en una época donde la mayoría de los solistas lo fusionan a las baladas, a los boleros o a sofisticadas canciones con aire de tango.

El repertorio de Goyeneche fue muy extenso y variado, los tangos bien antiguos y los más modernos desfilan desprejuiciados en su trayectoria discográfica. Grabó “El motivo (Pobre paica)”, de Juan Carlos Cobián y Pascual Contursi, y fue el primero en registrar “Balada para un loco” de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer.

Si se me permite la expresión, el Polaco se apropió de muchos tangos clásicos.

¿Y por qué digo esto? Por la sencilla razón de haber recreado innumerables tangos cuyas versiones originales tenían nombre y apellido —estaban identificadas con otros cantantes— y que a partir de su interpretación pasaron a ser emblemáticos de su repertorio.

Tales son los casos de “La última curda” (Edmundo Rivero), “Naranjo en flor” (Floreal Ruiz), “Qué solo estoy” (Raúl Berón), “Gricel” y “Garúa” (Francisco Fiorentino), entre otros.

También fue un gran intérprete del repertorio de Carlos Gardel. Sus versiones de “Lejana tierra mía”, “Siga el corso”, “Volvió una noche”, “Intimas” y “Pompas de jabón” son espectaculares.

Cantó mejor que nadie los tangos “Afiches”, “Maquillaje” y “Chau no va más”, de Homero Expósito y relanzó a una dimensión increíble “Naranjo en flor”.

Resulta impresionante su versión de “Malena” y conmovedor el registro del tango “Discepolín”, hitos en la poesía de Homero Manzi.

En cuanto a Enrique Santos Discépolo hizo verdaderas recreaciones de “Soy un arlequín” y “Cafetín de Buenos Aires”.

La propuesta de “María” de Cátulo Castillo sugiere una infinita dulzura, pero no podemos dejar pasar por alto que es dueño absoluto de “La última curda” donde su voz patentiza el profundo dramatismo de estos versos que expresan la etapa existencialista de Cátulo.

En cuanto a “Pompas de jabón” e “Intimas”, después de Gardel, las suyas son las mejores versiones.

Y qué decir de “Garúa”, “Gricel”, “”, “Cuando tallan los recuerdos”, “Ya vuelvo” y tantos otros temas inolvidables.

Fue admirador y amigo entrañable de Aníbal Troilo, como cantor de su orquesta graba 26 temas y unos años después, ya solista, se vuelven a asociar en dos larga duración, titulados El Polaco y yo y ¿Te acordás Polaco?

Su carrera ascendente continúa con la dirección de los más grandes maestros de su época, Armando PontierRaúl GarelloAtilio StamponeBaffa-Berlingieri y muchos otros.

Se consagra como solista después de brillar como cantor de orquesta y, curiosamente, el fervoroso reconocimiento y la devoción del público llegaría a la madurez de su voz para no abandonarlo hasta su muerte.

Yo tuve la suerte de verlo actuar muchas veces, en distintos lugares de Buenos Aires. Pero hoy vienen a mi recuerdo, las mágicas trasnochadas de estudiante universitario, allá por el año setenta. Por primera vez escuché al Polaco cantando tangos a capella en el Bar Amazonas —ubicado en la esquina de Marcelo T. de Alvear y Talcahuano— en una de las tantas escapaditas que él hacía en los intervalos de sus actuaciones en Caño 14 —mítico escenario de la noche porteña— que quedaba a la vuelta.

Bastante tiempo después me di el gusto de conocerlo, de charlar con él e incluso, de compartir un video donde aparecemos conversando en la mesa de un café y él me tarareaba “Mariposita”.

Fue grande entre los grandes, y de la mano de Gardel y de sus «hermanos» Ignacio CorsiniCharloFrancisco Fiorentino y Ángel Vargas, su voz, su «garganta con arena», nos seguirá deleitando con el sabor del tango y el perfume cotidiano de las noches de Buenos Aires.

Fuente de redacción: http://todotango.com



LOS TANGOS DE ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO



Hace unos años, en su ensayo Les Assassins de la Mémoire —un agudo estudio sobre el revisionismo neonazi en la Europa contemporánea—, el escritor francés Pierre Vidal-Naquet reprodujo la letra de “Cambalache”, el tango emblemático de Enrique Santos Discépolo. ¿Una cita descabellada? ¿Acaso un rasgo de exotismo de un intelectual en busca de oxígeno fuera del ámbito de la cultura europea? Según lo confesaría el autor, Discépolo cayó en sus manos a través de unos amigos latinoamericanos. Y él decidió incluirlo en un libro que nada tenía que ver con el tango. La imagen del cambalache como escenario del azar insolente, de la confusión de valores y la desacralización le pareció la más adecuada para sellar su texto de denuncia.

No fue aquella la primera vez que la obra de Discépolo despertó interés en el campo del pensamiento. El español Camilo José Cela lo incluyó entre sus poetas populares preferidos y Ernesto Sábato no ha dudado en identificarse con la filosofía pesimista de quien supo escribir en “Qué vachaché”: «El verdadero amor se ahogó en la sopa». Muchos años antes de estas reivindicaciones, los poetas lunfardos Dante Linyera y Carlos de la Púa definieron a Discépolo como a un autor con filosofía. Otro escriba de Buenos Aires, Julián Centeya, al reseñar unos de sus filmes, habló de «filosofía en moneditas», a la vez que arriesgaba una analogía —sin duda desmedida— entre Discépolo y... Carlitos Chaplin.

A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra —más de una vez definida como profética— expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso “Cambalache” persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo.

Enrique se formó viendo teatro de la mano de su hermano Armando, el gran dramaturgo del grotesco rioplatense, y poco después se sintió atraído por las artes populares. Llegó al tango después de haber probado, con suerte dispar, la autoría teatral y la actuación. En 1917, debutó como actor, al lado de Roberto Casaux, un capo cómico de la época, y un año más tarde firmó junto a un amigo la pieza Los Duendes, mal tratada por la crítica. Luego levantó la puntería con El Señor Cura (adaptación de un cuento de Maupassant), Día Feriado, El Hombre Solo, Páselo Cabo y, sobre todo, El Organito, feroz pintura social bosquejada junto a su hermano, al promediar los años 20. Como actor, Discépolo evolucionó de comparsa a nombre de reparto, y se recordaría con entusiasmo su trabajo en Mustafá, entre muchos otros estrenos.

Si bien los mundos del teatro y el tango no estaban divorciados en la Argentina de Yrigoyen y Gardel, la decisión de Discépolo de convertirse en un autor de canciones populares fue resistida por el hermano mayor —Armando se había hecho cargo de la educación de Enrique después de la temprana muerte de los padres—, y no puede decirse que las cosas le hayan sido fáciles al debilucho y tímido Discepolín. Una tibia influencia familiar (Santo, el padre, fue un destacado músico napolitano establecido en Buenos Aires) puede haber sido una primera señal hacia el arte combinado de la organización sonora y la letrística, pero la revelación no fue inmediata. Por el contrario, tanto el insípido “Bizcochito”, su primera composición hecha a pedido del dramaturgo Saldías, como el notable y revulsivo “Qué vachaché”, editado por Julio Korn en 1926 y estrenado en un teatro de Montevideo bajo una lluvia de silbidos, fueron un mal comienzo, o al menos eso se creyó en el Buenos Aires que aclamaba los tangos de Manuel RomeroCeledonio Flores y Pascual Contursi.

La suerte del obstinado autor cambió en 1928, cuando la cancionista Azucena Maizani cantó en un teatro de revistas“Esta noche me emborracho”, un tango de ribetes horacianos (por el Horacio de las Odas) y tópico netamente rioplatense: aquella vieja cabaretera que el tiempo trató con impiedad. Días después del estreno, los versos de aquel tango circularon por todo el país. Los músicos argentinos de gira por Europa lo incluyeron en sus repertorios, y en la España de Alfonso XIII la composición gozó de gran popularidad. Había nacido el Discépolo del tango. Ese mismo año, la actriz y cantante Tita Merello retomó el antes denostado “Que vachaché” y lo puso a la altura de “Esta noche me emborracho”. Finalmente, 1928 sería el año del amor para un intelectual cargado de inseguridades. Tania, una cupletista española radicada en Buenos Aires que se revelaría como una muy adecuada intérprete de sus tangos, acompañaría a Discépolo el resto de su vida.

En una época en la que la autoría y la composición estaban claramente diferenciadas en el marco de las industrias culturales, Discépolo escribía letra y música, aunque esta última era imaginada con apenas dos dedos sobre el piano, para luego ser llevada al pentagrama por algún músico amigo (generalmente Lalo Scalise). Esta capacidad doble le permitió a Discépolo trabajar cada tango como una unidad perfecta de letra y música. Con un agudísimo sentido del ritmo y de la progresión dramática, con un gusto melódico impecable (Carlos de la Púa lo definió como un Pulgarcito Filarmónico), Discépolo se las ingenió para hacer de sus breves y muchas veces violentas historias una auténtica comedia humana rioplatense. Abandonó gran parte de la influencia modernista que hacía estragos en otros letristas (Rubén Darío fue el héroe literario de cientos de poetas argentinos, durante muchos años) y tradujo al formato menor de la canción, ciertas ideas dominantes de la época: el grotesco teatral, el idealismo crociano, el extrañamiento pirandelliano.

La proliferación de ideas en cada letra hallaba en el humor socarrón y en el lirismo de la música un cierto equilibro, una compensación sensorial, un modo de decir cosas en y a través del tango. Ningún otro autor llegaría tan lejos.

Desde luego, el hecho de que Carlos Gardel grabara casi todos sus primeros tangos ayudó en gran medida a la difusión y legitimación de Discépolo como autor y compositor de un género lleno de autores y compositores. En ese sentido, la versión gardeliana del 10 de octubre de 1930 de “Yira yira” figura entre los grandes momentos de la música argentina. La intensidad de la grabación, en la que no hubo recursos teatrales especiales y el cantante evitó todo énfasis innecesario, está dada por la inmediatez de la expresión gardeliana. No hay preámbulos instrumentales que familiaricen al oyente con el material, más allá de una apretada introducción de los guitarristas que exponen el estribillo con los trémolos y fraseos de bordonas típicos de los acompañamientos de la época. La línea melódica, con sencillez engañosa irrumpe de golpe, con una fuerza que excluye la queja.

Yira yira” fue escuchado e interpretado como una denuncia cargada de escepticismo. El militante ridiculizado en “Que vachaché” vuelve a la carga, pero esta vez respaldado por una crisis material profunda. Ahora, el engrupido que se resistía a creer que «el verdadero amor se ahogó en la sopa» ocupa el lugar de la voz cínica. Los principios han sido trocados por la realidad. Es el triunfo del descrédito, pero ya sin el cinismo —y mucho menos el grotesco— de unos años antes. El personaje de “Yira yira” confió en el mundo, y este lo defraudó. Como en otros tangos de Discépolo, la letra cuenta una caída, un desalmado amanecer: ya no hay espacio para el engaño y la impostura. (Desde esta perspectiva, no están del todo equivocados quienes han visto en Discépolo a un moralista decepcionado por la modernidad, aunque tal vez sea mucho más que eso).

La línea que empieza con “Qué vachaché” y madura en “Yira yira” se continúa en los tangos “Qué sapa señor”" y, en 1935, “Cambalache”. Pero no es este el único estilo del arte compositivo de Discépolo. Este supo ser romántico en el vals “Sueño de juventud”, burlón en tangos cómicos como “Justo el 31” y “Chorra”, expresionista en “Soy un arlequín” y “Quién más quién menos”, pasional en “Confesión” y “Canción desesperada” y un tanto nostálgico y elegíaco en “Uno” y “Cafetín de Buenos Aires”, ambas creaciones escritas conjuntamente con Mariano Mores. No fue tan prolífico como Enrique Cadícamo, y una parte considerable de sus creaciones carece de interés. Es indudable que la variedad musical de Discépolo tuvo que ver con sus inquietudes teatrales y cinematográficas. Su puesta de Wunder Bar y sus películas más conocidas —Cuatro CorazonesEn la Luz de una Estrella— dieron a conocer canciones —algunas casi olvidadas— que el director y actor escribió con su sentido programático.

Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, y murió en el departamento céntrico que compartía con Tania. Su compromiso con el peronismo, hecho público a través de su breve y fulminante participación en un discutido programa de radio, lo distanció de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de “Yira yira” había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana.

Fuente www.todotango.com

CD 1
CD 2


JORGE ARDUH BOLEROS CON RITMO DE TANGO





Nacido en el pequeño pueblo de Las Junturas, cercano a Río Segundo, provincia de Córdoba, se inició musicalmente en su propio pueblo natal, recorriendo instrumentos tales como la batería y el acordeón a piano, para desembocar rápidamente en el piano, con el que puso de manifiesto su talento y su virtuosismo en la interpretación.

Antes de alcanzar los 20 años ingresó a la Orquesta de Villa María y poco tiempo después integró la Orquesta Los Caballeros, en la capital provincial.

En el Conservatorio Provincial de Música obtuvo su graduación como Profesor de Teoría y Solfeo y Maestro Superior de Piano, títulos de suma importancia para la época. Inmediatamente después de haber alcanzado esta etapa, se perfeccionó en Armonía y Composición en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba.

Antes de concluir 1943 fue invitado por el talentoso músico Lorenzo Barbero a integrar su orquesta, en la que permaneció durante seis años.

Sobre los últimos meses de 1949 creó su Orquesta Típica Argentina en la que, aún hoy, continúa como director, arreglador y orquestador.

A partir de su creación, la orquesta mantuvo intensa actividad, recorriendo el país para llevar la música ciudadana a pueblos y ciudades, en giras que a veces duraban unos pocos días y en otras ocasiones se extendían hasta por 2 meses. Montados músicos y cantores en un ómnibus y con su piano a cuestas —que todavía lo acompaña en la mayoría de sus presentaciones— la orquesta no tuvo preferencias y actuó en lugares importantes o en pequeñas poblaciones, muchas veces usando un acoplado como escenario, al aire libre y sin sistema de amplificación alguno, luego de haber hecho, quizá, varias decenas de kilómetros por caminos de tierra.

Fue así que don Jorge Arduh hizo Patria. A su manera, con su arte, llevó nuestra cultura popular a los más recónditos rincones de nuestra patria. Y llevó a nuestros hermanos lejanos hermosos momentos de alegría y emoción que muchos todavía recuerdan y añoran.

Tradicionales lugares de tango cordobeses y porteños, numerosas emisoras radiales y exitosos programas como el Glostora Tango Club o Ronda de Ases tuvieron frecuentemente a esta orquesta como su artista principal o compartiendo el primer lugar de importancia con agrupaciones lideradas por Alfredo Gobbi, Juan D’Arienzo o Carlos di Sarli, por citar tan sólo unos pocos de tantos consagrados que por allí pasaron.

En 1990, El Fantasista del Teclado y su Orquesta del Ritmo Brillante, categorizaciones otorgadas por el público y los conocedores tangueros de años ha, hicieron su primer viaje a Japón, declarado de interés provincial en Córdoba. Luego vinieron otras exitosas giras por Estados Unidos, España, Portugal y nuevamente Japón.

En 1995 Jorge Arduh fue distinguido como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Córdoba en reconocimiento a la brillante trayectoria de tan importante vecino, residente por más de 40 años.

En 1996 volvió al exterior para presentarse nuevamente en España, Portugal y Estados Unidos, agregándose en esa oportunidad su primera visita a Panamá.

En 1999 celebró los 50 años de la orquesta con una presentación excepcional en el Teatro General San Martín de la ciudad de Córdoba, oportunidad en la que el maestro recibió un nuevo reconocimiento por parte de su público y de las autoridades provinciales y municipales.

La Orquesta Típica Argentina de Jorge Arduh siguió presentándose en acontecimientos públicos y privados. Fue número central de sucesivas ediciones del Festival de Tango de La Falda, en el que fue distinguido con un reconocimiento por haber sido «Artista Fundador» de ese trascendente acontecimiento tanguero que lleva ya más de 25 emisiones.

En esa ocasión el Maestro y su orquesta fueron objeto del cálido afecto del público, que aplaudió de pie y que reclamó y logró que don Jorge Arduh bajara a la platea desde el escenario, para confundirse en múltiples abrazos y manifestaciones de admiración y afecto.

A lo largo de su historia artística, Don Jorge Arduh compuso varios temas, generalmente con el aporte de poetas cordobeses y también de su esposa, Emma Sofía Saidis, con quien se casó en 1952, teniendo tres hijos: Jorge, Orlando y Carolina.

Don Jorge Arduh, fiel a su tierra, no quiso abandonarla en forma definitiva para radicarse en la ciudad de Buenos Aires. Ello, sin duda, le costó ser ignorado o menospreciado por la mayoría de los historiadores porteños del tango. Pero el maestro ha trabajado con seriedad, con profesionalismo, con respeto hacia los demás y con mucho amor a su música y a su público durante toda su vida. Mientras otros prefirieron la comodidad de la gran urbe, Arduh recorrió incansablemente el país para llevar alegría a quienes, como él, hacían la patria, eran la Patria distante, desconocida, ignorada, en caminos y pueblos que no siempre aparecían en los mapas.

Jorge Arduh se retiró de la vida profesional en 2009 con dos grandes conciertos: en el festival de La Falda y en el Teatro Libertador de la ciudad de Córdoba. Pero sigue tocando piano en su casa y para los amigos, manteniendo intacta esa energía que siempre lo caracterizó.

Jorge Arduh, un grande de la música y de la vida.

Fuente: www.todotango.com




JUAN D' ARIENZO MAESTROS DEL TANGO


Tapa Ilustrativa


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